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¿Qué me mira precachimbo?, ¿quiere una fotografía mía en la UNI calato?

Cada cierto tiempo, a uno de esos tipos que ven a las academias no como un apoyo a mejorar la baja calidad de educación (aunque es el cuento que les repiten a padres y adolescentes) sino como a la gallina de los huevos de oro (que si pudieran la destriparían de una vez) se le ocurre una idea que raya entre el ridículo y la estupidez más simiesca.

Hace unos días, visitando a un cliente, pasé por el callejón que está frente al puente de la UNI, alrededor del cual, entre puestos de comida, de fotocopias, librerías y demás funcionan tres academias (e, increíblemente, un colegio). A saber: Pitágoras, Saco Oliveros y Alfa. Pero no voy a hablar de las condiciones de hacinamiento o de las nulas vías de escape o de los evidentes arreglos por debajo de la mesa que debieron haber para que Defensa Civil los deje operar, sino algo que ni yo mismo (con lo crítico que soy hacia estos lugares) habría esperado.

¿Aduni?

Nuestro amigo, Pablo Valencia, me envío hace un buen tiempo un enlace a un artículo suyo sobre la academia Aduni. Debo decir que lo leí al instante y al terminar tenía claro que merecía, como mínimo, el rebote por acá. Sin embargo, estos días he andado con el mundo de cabeza y recién puedo darme un tiempo para hacerle justicia.

Yo pasé por Aduni allá por el año 1997 (sí, me estoy haciendo viejo, ya lo sé). Estuve un par de meses antes en un curso para escolares, pero el ciclo fue cerrado por falta de alumnado. Así que volví luego de acabar mi secundaria y estuve allí un semestre. Bueno, no exactamente en Aduni, sino en la academia César Vallejo, que prepara estudiantes para el examen de la UNI (creo que ya he comentado que de muchacho quería ser ingeniero electrónico). Y no duré mucho porque, como la novia a punto de casarse con el hombre adinerado que no ama y se debate entre fugarse con el misio y arrancado que la tiene loca, yo dudaba todos los días si continuar con mi aventura electrónica o lanzarme a la piscina vacía de la literatura. Pero esa es otra historia, el caso es que tuve una corta temporada en Aduni.

¿Y si mañana aparecen academias que te aseguren el ingreso a la secundaria?

Ensayaré un guion mismo Misión Imposible:

Un laboratorio multinacional crea una nueva enfermedad para la cual también tienen creada la cura. Puesto que solo ellos tienen la cura, su preocupación es expandir la enfermedad para que mucha gente requiera el remedio y solo ellos puedan venderlo y así sus ingresos sean gigantescos.

¿Y a que viene esto?

Examen de admisión en la UNI

El examen de admisión a la UNI tiene la fama de ser el más difícil del país y no es una fama inmerecida pues hay que ser medio antisocial para ingresar ahí (va con buena onda por si acaso, mis respetos para la UNI, a la que quise postular cuando era jovencito pero me ganó mi vocación de escritor). El asunto es que hoy llegaba a trabajar y el tráfico era insoportable y no por el examen sino por las barras enviadas por las academias a obstaculizar el tránsito y a gritar como bobos.

Los colegios preuniversitarios: ¿Educación de calidad o mina de oro?

Desde los años 90 empezaron a proliferar, a reproducirse incesantemente en Lima (desconozco la realidad en el interior del país) los colegios preuniversitarios. Estos colegios vendían una educación de calidad que suplía las carencias de la enseñanza pública (de los colegios nacionales). Su objetivo prioritario (en muchos casos el único objetivo) era conseguir el ingreso de sus alumnos a los exámenes de admisión de las universidades conocidas (principalmente San Marcos y UNI).

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