Vargas Llosa y yo

Vargas Llosa y yo - Álvaro Felipe

No. No conozco a Vargas Llosa, no he estado nunca cerca a él ni le he dado la mano y menos he escuchado su voz en vivo. Y lo digo antes de que el título confunda a alguien. Pero el asunto es un tanto peor: conozco a Mario Vargas Llosa menos de lo que debería y este es mi mea culpa, mi golpe de pecho.

Me explico.

Crecí en un barrio pobre, en una casa pobre, de la que robábamos carrizos a las esteras de las paredes para amarrarlas con un plástico y hacer una cometa. Cuando me iba a dormir (en el segundo nivel de un camarote) podía extender la mano y tocar el techo y palpar si había que reforzar algo para que no me dé en la cara. Pero con todas nuestras carencias, me queda el vivo recuerdo de algo que siempre hubo en casa: libros.

Mi papá siempre fue un lector asiduo. Me cuenta que cuando niño ya vivía por su cuenta y lo que ganaba lo gastaba en comprar revistas del pato Donald o de Tarzán y así empezó su camino por la literatura; porque para vivir la literatura no es necesario ser escritor, pues los lectores somos quienes completamos la magia. Y así crecí yo: rodeado de libros acomodados en estantes artesanales que iban desde el piso hasta una altura inalcanzable para mí. Obviamente mi papá quiso inculcarme su gusto por la lectura: me dejaba como tarea, cada vez que salía al trabajo, leer un capítulo de una edición infantil de "El Quijote", con dibujos y letras grandes. Pero yo prefería escaparme a jugar pelota.

Sin embargo, era muy difícil escapar a la omnipresencia de los libros en mi casa. Había más libros que prendas de ropa o que ladrillos apilados afuera para levantar una pared. Tarde o temprano una curiosidad enorme iba a aplastarme. A los doce años no pude más y devoréVeinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne. Nunca volví a ser el mismo. Continué con Las minas del rey Salomón, Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, La dama de las camelias, Narraciones extraordinarias, etcétera, etcétera.

Con los años renuncié a mi idea de ser ingeniero electrónico y decidí arriesgarlo todo por la literatura. Pero ingresé; y una vez dentro me sentí un bicho raro. Y es que la biblioteca de mi papá estaba llena de clásicos. Y yo feliz sin pasar del siglo XIX en mis lecturas. Pero en la Universidad, no sabía quienes eran Gabriel García Márquez, Julio Cortázar o Jorge Luis Borges. Cuando mandaron leer Pedro Páramo en segundo ciclo, algunos estudiantes reclamaron diciendo que cómo iba a haber alguien que no hubiera leído ese libro (me quedé mudo, sintiéndome inmensamente idiota porque ni idea de quién era Pedro Páramo), así que la profesora mandó leer Hamlet. Increíblemente nadie protestó. Para mí el escándalo era al revés: ¿cómo puede un estudiante de Literatura no haber leído jamás Hamlet?

Y en ese tránsito llego a Vargas Llosa. No sé por qué (nunca lo he conversado a fondo con él), mi papá rechazaba a Vargas Llosa. Lo que significaba que ni un libro suyo había en toda la casa. Y de no ser porque postuló a la presidencia en 1990, quizás yo ni enterado de que existía (como me sucedió con Gabo, a quien descubrí pasados los veinte). Quizás por diferencias políticas (crecí escuchando a mi papá contar por años lo maravilloso que fue el gobierno de Velasco, dictadura que Mario no se ha cansado de condenar), el hecho era que mi papá no soportaba a Vargas Llosa y recuerdo no muy bien frases como "ese maricón" para condenarlo al ostracismo de nuestra covacha. Así que al llegar a la Universidad no solo no había leído jamás a Vargas Llosa, sino algo mucho peor y bastante más condenable: me había creído el cuento de que era un traidor a la patria, que renegaba del Perú por haber perdido las presidenciales de 1990 y que luego de recordarnos a nuestra madre a todos los peruanos se había convertido en español para olvidar su origen serrano. Resumiendo: no solo no lo había leído sino que tampoco quería leerlo. Cuando escuchaba que alguien se enorgullecía de algún logro de Mario o hablaban de la remota posibilidad del Nobel mi respuesta (mental, telepática, porque siempre fui un antisocial enfermizo en mi temporada de universitario) era que los peruanos necesitamos tanto un héroe que somos capaces de arrastrarnos hasta buscarlo en un español. Así de divorciado con el mundo real estaba.

Recuerdo bastante mal que hacia esa temporada se publicaron Cartas a un novelista y Los cuadernos de don Rigoberto que mis condiscípulos leían en ediciones pirata en sus ratos libres. Mi encontronazo con Vargas Llosa demoró un tiempo aún, cuando el profesor deAnálisis e interpretación de textos literarios, Miguel Bances, nos encomendó leer La fiesta del chivo. Y comenzó una de las aventuras más subyugantes y descarnadas de mi vida. La experiencia, el cúmulo de sensaciones que tuve durante mi lectura solo, para mí, son comparables con lo que sentí con "Cien años" o, años después, con la mágica Pedro Páramo. Fui sacudido por la palabra de un genio, reducido hasta ser microscópico, hasta ser nada frente al universo de Vargas Llosa.

También me enteré que, para escribirla, su autor había hecho una investigación colosal que le demandó varios años (hasta décadas creo, aunque no me he molestado, por pereza, en contrastar los datos) y la maravilla creció (años después, cuando leí Vivir para contarla, me quedé maravillado de que dos genios sean tan opuestos: mientras Mario es metódico y disciplinado hasta la obsesión, Gabo tiene un talento innato que lo lleva a narrar sin más, dejando los acertijos de la gramática a sus correctores) hasta conjurar mentalmente una frase estúpida: "Con este libro Mario Vargas Llosa ya merece el Nobel" (como si me hubiera leído toda su producción y tuviera conocimientos suficientes de análisis y crítica para decir semejante blasfemia). Por suerte, como no hablaba con nadie, solo me repetí esa frase a mi mismo. Sino el ridículo me perseguiría hasta ahora.

Años después, por la necesidad de dictar una clase sobre Mario Vargas Llosa, le pregunté a mi amigo Guillermo Gutiérrez si había leído La ciudad y los perros y si tenía el libro y si me lo podía prestar.

—¿No has leído La ciudad y los perros? —me preguntó con una sopresa que no podía controlar.

—No —le dije—. ¿Tan malo es?

Y me lo prestó, y todavía lo tengo entre mis rumas de libros sin haberme atrevido a devolvérselo por dos razones: 1. No me lo ha pedido con la suficiente firmeza para no bromear y devolvérselo y 2. Aún no me he comprado una edición para mí y me da miedo que me asalte la necesidad de releerlo y no lo tenga a la mano.

Ya después leí Pantaleón y las visitadoras y me lamenté infinitamente que un libro tan rico y de técnicas narrativas tan difíciles de alcanzar para la mayoría de los humanos, se banalizara en una película de pésima actuación y orientada más a lo erótico sin clase (a lo huachafo, como decimos en el Perú) que a la genialidad de la historia y de su estilo narrativo (hasta hoy, me quedo absorto cuando pienso como es posible que Mario haya eliminado al narrador y haya construido la novela como una investigación, transmutándose en reportes militares, narraciones de radio, reportes, reclamos, etcétera. ¿Cómo podía, un solo hombre, convertirse en tantos y no dejar rastro alguno de que es el mismo jugando distintos roles?). Lástima que para muchas mentes escasas ese libro sea erótico y vulgar, antes que una genialidad que no solo te hace llorar de risa, sino maravillarte por su construcción.

Luego de unos cuentos de Los jefes y artículos sueltos escritos por él y también acerca de él no he leído más de Vargas Llosa. Tengo una deuda pendiente que estoy amortizando ahora con la lectura de El pez en el agua (que siempre creí que era la crónica de su aventura presidencial, mas no su autobiografía, así que mi engaño sobre Mario se eleva a límites avergonzantes) que me tiene atado al libro y me ha hecho olvidarme, temporalmente de mis trabajos de informática.

Estoy de acuerdo con quienes dicen que el premio Nobel no cambia en nada a Mario Vargas Llosa. No lo hace más trascendente ni mejor escritor. Sería como creer que Jorge Luis Borges es menos escritor por no haberlo recibido. Así que es al revés, es la Academia Sueca la que eleva el nivel de un premio alicaído y de perfil bajo. Quizás para nosotros, los peruanos, y nosotros, sus lectores y admiradores, sea donde sea que habitemos, si nos hace un poquito más grandes que Vargas Llosa haya ganado el Nobel. Por ahí leí que ahora todos sus lectores podíamos "salir del clóset" con orgullo. Y creo que es cierto. ¿Es un logro personal del que nos colgamos los peruanos? Sí y no. Sí porque sí es un logro personal, es obvio que no es logro de los veintitantos millones de peruanos, sino el logro individual de Mario Vargas Llosa. Pero no, porque no nos estamos colgando (salvo ciertos políticos oportunistas que nunca faltan), nos sentimos orgullosos del logro de un compatriota, lo celebramos como nuestro en un hermoso acto de solidaridad que tanta falta le hace al peruano promedio (la indiferencia y mezquindad con los logros de otros peruanos es uno de nuestros cánceres más arraigados). Y si eso no bastara, lo celebramos porque el mismo Mario destapó las botellas al decir: "Yo soy el Perú"

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