Racismo acomplejado y justicieros por pose.

En el Perú existe el racismo y de eso no hay duda. Uno de sus antecedentes (o sus origenes) está en el Virreinato del Perú, en el que se pagaba un impuesto solo por el hecho de ser indígena. Si eras criollo o mestizo el impuesto no aplicaba, y algunos indios buscaban blanquearse la cara con afeites o polvos para evitar el cobro. Pero el racismo no es cosa peruana, sino que existe en todo el mundo con diferentes matices (algunos más graves que otros). Desde mi inculto (o culto, depende del contexto) punto de vista, entiendo al racismo como el trato discriminatorio a una raza minoritaria. Así pueden haber “racismos al revés”, como el que experimentó Mario Vargas Llosa en su campaña presidencial, en la que se lo acusaba de gringo cuando él es una mezcla arequipeña, piurana y boliviana (El pez en el Agua, 1993).

Y de ese muy peruano “racismo al revés” es del que quiero escribir hoy. Aunque yo prefiero llamarlo “racismo acomplejado”, porque nace de los mismos complejos que el racismo de siempre (del blanco al negro, al cholo, al chino, etc.), pero condimentados con un ingrediente terrible: la victimización. Este racismo acomplejado de odiar al gringo, al blanquito porque no me representa, porque es un pituquito, un drogadicto, un hijito de papá, porque se la lleva fácil, porque no tiene que sacarse la mierda como yo, etc., etc. Ese racismo acomplejado, victimizante, autocompasivo es tan irritante como ese feminismo talibán cuyas participantes son llamadas popularmente “feminazis”. O como cualquier fanatismo, porque todo fanatismo obstruye el intelecto y te llena la cabeza de frases de batalla que siempre repites de paporreta para evitar la argumentación.

Todo esto viene a mi mente a raíz del caso Saga Falabella. La tienda publicó un catálogo de juguetes para navidad y en su portada aparecía la foto de cuatro niñas rubias sosteniendo cada una una muñeca. Es cierto que de entrada uno queda extrañado porque la niña que aparece en primer plano es demasiado “perfecta” (en terminos de moda): el peinado, la silueta, el cruce de piernas, la postura de los brazos, el mentón con la elevación correcta (los fotográfos entenderán), y la sonrisa contenida. Mientras que las otras tres niñas, siendo rubias incluso, son más “normales” (nuevamente, en términos de moda): no hay posturas definidas, las sonrisas son naturales (de esas sonrisas forzadas, pero super tiernas, que ponen los niños frente a una camara), incluso la niña del vestido púpura tiene una sonrisa medio tímida. Si queremos ir más allá, la niña con la muñeca pelirroja no tiene el canon de delgadez que la moda exige, pero está ahí, linda y con un pie suspendido en el aire que parece un mal uso de photoshop (porque no creo que le hayan dicho a la niña que se pare así, con un pie en el aire y en esa posición). Por último, la niña de la izquierda está parada sobre un banco. No sé las intenciones del fotógrafo para usar un banco (siempre pudo haber puesto otra escalera para darle simetría a la imagen), pero me gusta porque es super natural, la niña está feliz (irradia felicidad) subida en su banco. Mi lectura es de cuatro niñas que son la representación humana de las muñecas que sostienen. Opino que es una publicidad desubicada. Pero no racista. Ahí fallaron los creativos de la campaña pues un principio de la publicidad es definir a tu público objetivo, y si bien hay niñas rubias en el Perú, su porcentaje no es el mayor. Pero le doy cincuenta vueltas a la foto y no encuentro una pizca de racismo. No se está discriminando a nadie. No hay ninguna ley que exija diversidad étnica en la publicidad (y de haberla sería muy estúpida, pues cada campaña tiene sus objetivos y su público). No hay ninguna niña negra o chola relegada al fondo, o haciendo de empleada. Como sí ocurre en la siguiente foto:

Bebederos de agua solo para negros
Bebederos de agua solo para negros

Y en esta otra:

Campaña para Emporium, muestra chicas rubias con campesinas como elementos decorativos
Campaña para Emporium, muestra chicas rubias con campesinas como elementos decorativos

O en esta otra:

No son maniquíes. Son artesanos andinos usados como decoración en la tienda Sol y Alpaca de Larco Mar.
No son maniquíes. Son artesanos andinos usados como decoración en la tienda Sol y Alpaca de Larco Mar.

El verdadero problema con esta campaña es su alienación. Y la falta de visión de sus creativos que no vieron venir las críticas de los talibanes del racismo acomplejado. Han salido a decir que refuerza estereotipos, que les manda un mensaje inadecuado a las niñas de que solo siendo rubias pueden ser exitosas. Creo que solo una niña sin principios y autoestima (inculcados en casa) podría creer en eso. Porque en ese caso, deberíamos empezar por acusar a Disney de racista.

El problema es que hay mucha pose, aparte del racismo acomplejado. Gente que, ya que es tan fácil escribir en su facebook (y que matarían por un like, como si de eso dependiera su vida), se ponen del lado de cualquier causa que parezca políticamente correcta.

Steven Spielberg (director de Jurasic Park) posa junto a un triceratops muerto (de la película). Y la red se llenó de mensajes de odio por un dinosaurio muerto.
Steven Spielberg (director de Jurasic Park) posa junto a un triceratops muerto (utilería de la película). Y la red se llenó de mensajes de odio por un dinosaurio muerto.

¿Es la publicidad de Saga Falabella racista? Creo que no, simplemente porque el racismo es discriminación, y no veo a nadie discriminado. Se puede hablar de exclusión, pero es una campaña publicitaria, y la empresa tiene la libertad de definir su concepto. En lo que sí estoy de acuerdo es que lo mejor en estos casos es la autoregulación (y no plantear leyes de diversidad étnica). Es decir, que las empresas mismas regulen sus contenidos a partir de las respuestas de sus usuarios.

Como siempre, el debate está abierto.

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