El columpio

Acabo de mudarme (en realidad a regresar al barrio donde viví casi siempre). Frente a la casa hay unos juegos infantiles (toboganes, columpios, sube y bajas) desgastados y deteriorados, pero aún funcionando. Los pocos días que me he acercado ahí con mis hijos veo gente que come y bota envolturas, cáscaras y bolsas alrededor. Los peores botan pañales (eso no lo he visto en el momento, pero sí las evidencias del delito) y hacen orinar y defecar a sus niños "más allacito" si les viene las ganas mientras juegan. Más allá unos malvivientes ebrios cantando y rodeados de botellas.

Hoy salgo temprano con mi hija que recibió un carrito a control remoto por navidad, para que lo maneje al aire libre. Me siento en uno de los columpios mirándola jugar. Al rato pasa un tipo en bicicleta y completamente indignado empieza a gritarme que ese juego es para niños (a pesar de que está sostenido por unas gruesas cadenas que soportaría fácilmente diez veces mi peso, y hasta más). Y en el colmo de la huachafería me dice "yo soy de Buenos Aires" (así se llama ese barrio) como si eso le diera cierta autoridad, cierta alcurnia, cierto pedigri. Obviamente lo mandé a freír espárragos.

Este tipo, como tantos, no se araña por la basura, por las pintas ni por los ebrios que cantan a voz en cuello unos pasos más allá. Se araña porque se siente "residencial" y un advenedizo ha venido a alterar su misérrimo sentido de la "exclusividad". Puedo mearme (o llevar a mis hijos a mear), embriagarme, botar basura o hacer pintas y con él (y muchos otros vecinos) no habrá problema. Pero llamará a todos los ejércitos del evangelio si alguien se sienta en el sacrosanto columpio. Peor aún, si quien se sienta, no es de "Buenos Aires".

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