May the Force be with you

La guerra de las galaxias (porque la conocí como Star Wars recién de adulto), no es de mi época. Más bien de la época de mis padres. Sin embargo, la veíamos en una televisión de unas 12 pulgadas a blanco y negro, con antena de conejo e interferencias y eramos felices escuchando a mi papá contar que esos sables de luz eran en realidad de colores, y que los rayos que disparaban las armas también eran de colores. Fue tal la imagen que creó en mí que de tener una televisión a color lo primero que quería ver era La guerra de las galaxias.

Un buen día papá llegó con una caja de cartón con el objeto del deseo adentro: un televisor a color. Calculo que sería el año 1990; a mis hermanos y a mí se nos había ocurrido preparar un pastel y papá nos encontró blancos de pies a cabeza y creímos que nos iba a castigar. Pero primero había que abrir la caja y todo el caos se disipó al ver los colores en la pantalla. Era increíble, darte cuenta que lo que viste toda tu vida gris era en realidad verde, rojo, azul o púrpura. Sin embargo, de nada valía tener el aparato nuevo si no veía la Guerra de las galaxias. 

Viéndolo ahora en perspectiva, debe ser difícil para las nuevas generaciones imaginar que había que esperar que un canal de televisión transmita una película para poder verla. Y no solo eso, sino que ni siquiera había una programación que te saque las dudas. Era solo encender la TV a la hora que dan las películas y esperar a que den la que querías ver (existían los VHS pero eran obscenamente costosos). Recuerdo haberme puesto al acecho durante dos meses sin éxito. Luego perdí la fe y sinceramente ya no recuerdo cuando fue que por primera vez la vi en todo su esplendor: a color. En una pantallita de 14 pulgadas pero en color al fin y al cabo.

En el año 94, si no me traiciona el recuerdo, lanzaron nuevamente la película al cine con nuevos efectos especiales y escenas eliminadas de la versión original. Así que junté como pude el dinero para la entrada y fui feliz al verla y transportarme mentalmente a las historias de mi papá de cuando hacía fila por la mañana para comprar la entrada al cine y regresaba a ver la película por la tarde (con mi mamá). 

A lo que quiero llegar con este relato es que crecí con La guerra de las galaxias (nombre raro ahora que se ha estandarizado decirle Star Wars) y fue parte de mi infancia y adolescencia, y de mi adultez porque disfruté en el cine (con mi esposa) de La venganza de los Sith y ahora (en casita) de El despertar de la fuerza, que, aunque era descaradamente un fan service, igual me gustó mucho. Me sorprendí de ver más de treinta años después a Luke Skywalker y a la princesa Leia (a Han Solo no porque el actor, Harrison Ford ha estado siempre visible), envejecidos y muy lejanos al imaginario que tenía de ellos. Pero aún así, eran ellos y era delicioso verlos en pantalla y que mi hijo pida juguetes de Star Wars y que la historia vaya ya por la tercera generación.

Hoy me entero que la princesa Leia ha muerto. La actriz, por supuesto. Pero es uno de esos casos curiosos en que el vacío que sentimos los fans no es solo por el ser humano que se va, sino, y más aún, porque se acaba una etapa de nuestras vidas. Como cuando murió el Chavo del ocho (por poner un ejemplo).

Princess Leia, may the Force be with you.

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