Ciro Alegría: Los perros hambrientos

Ciro Alegría representa, junto con José María Arguedas, las dos voces más importantes de la tendencia indigenista de la Literatura peruana de mediados del siglo XX (que coincidía con la llamada "Literatura de la tierra" en Latinoamérica).

En el caso de Ciro Alegría (quizás nuestro mayor novelista junto con Mario Vargas Llosa), la persecución política lo llevó a asilarse en Chile y en ese país empezaría y triunfaría en su labor literaria que gira alrededor de sus tres novelas: La serpiente de oro (1935), Los perros hambrientos (1939) y El mundo es ancho y ajeno (1941 - a mi gusto personal, la novela más hermosa jamás escrita en nuestro país).

Los perros hambrientos tiene como tema central la hambruna que se origina a partir de una sequía que destruye los sembríos y pone a los comuneros al mismo nivel que perros hambrientos, mendigando comida y buscando comer hasta culebras. Y la comparación no es exagerada, más bien es el centro de la historia pues junto con los pobladores de Huaira, los perros (ovejeros, guardianes, de bandoleros) son personajes activos: varios capítulos centrados en la historia de los perros, exploración de las emociones y pensamientos de los perros, descripción vívida de su propia cosmovisión.

Los personajes se dividen entre perros (personajes principales, que incluso le dan nombre a la novela), colonos e indios (campesinos asalariados y esclavos) y los hacendados (los patrones). Durante la mayor parte de la obra se incide en la conexión que existe entre perros y hombres: por un lado los perros ovejeros que son separados de sus madres al nacer para que mamen la leche de la oveja y cuya conexión con el rebaño se vuelve su razón de ser, también los perros de ganado (que se muestran como perros de ladrones de ganado que los ayudan a arrear las reses). La otra conexión es de los campesinos con la tierra. No solo la conexión mística heredada del incario, sino la conexión propia de su día día: el colorido del poncho combinado con los colores del campo, el olor de la mujer amada que recuerda a la tierra o la entrega de los amantes en medio de la humedad y los aromas de la tierra. Es decir, las conexiones de perros, ovejas, tierra, hombres es tan fuerte que al fallar un elemento todo su universo entra en caos y en destrucción.

Y el elemento que falla es la tierra. La sequía hace perder los sembríos y lleva un hambre insostenible al pueblo. Al inicio, la sequía es tomada con entereza: se reservan semillas, se reza a la virgen para que haga llover, se recuerda que en años anteriores las sequías nunca habían durado mucho. Pero las esperanzas se agotan cuando el hambre aprieta y cada uno desencaja de su rol: los perros cruzan la más peligrosa de las líneas y matan una oveja (cuando su razón de vivir era protegerlas) y luego terminan devorándose unos a otros. Las personas envenenan a los perros y el hacendado recibe a balazos a los colonos que le piden de comer. Pero, si eso puede sonar extremo, la escena más dura del libro es la muerte de hambre de Damián, un niño pequeño cuyo padre ha sido llevado irregularmente por las tropas del ejercito y cuya madre se ha ido a buscar comida. El pequeño solo se acompaña de su perro Mañu, tuesta el poco trigo que tiene y lo va comiendo con su único amigo. Recoge el agua que gotea de una piedra pero en un momento no puede más y llamando a su madre con su último respiro ("Mama, mama..., quiero mote, mamita...") y cae muerto por la hambruna. Y su  perro, con sus últimas fuerzas, defiende el cadáver del muchacho que iba a ser devorado por dos cóndores.

Si a ello le sumamos que los campesinos, a falta de perros que cuiden las ovejas, tiene que imitar el ladrido para espantar a las fieras, el caos al que ha entrado su mundo se hace evidente. Al final la lluvia cae, la sequía acaba y se renuevan las ganas de vivir. Pero, luego de lo sucedido, hay una herida que ninguna lluvia podrá desaparecer.

El final del libro es genial (no me refiero a la caída de la lluvia). Pero tendrán que leerlo ustedes mismos para saberlo.

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