Werther

Acabo de leer Werther. Y me parece curioso que un libro que me marcó tanto en una época de mi vida apenas lo haya leído una vez y no tres, cinco o siete veces como con otras novelas (incluso mucho más extensas). La relectura de Werther ya no a los dieciséis años (que tenía cuando lo leí por primera vez) sino acercándome a los treinta, más maduro y calculador me hizo comprender a cabalidad porque Werther fue un héroe para los enamorados, por qué los adolescentes de la época encontraban en él una suerte de profeta, de mesías del amor y siguiendo su ejemplo se quitaban la vida convencidos de que este mundo no está hecho para personas en contacto con sus sentimientos. Y más aún, que esas personas que están en contacto con sus sentimientos son superiores que las personas frías, responsables pero sin esa pasión que consume y devora el alma del romántico.

Lo que no significa, claro está,  que las razones de Werther me convenzan y esté tentándome el suicidio. Lo que quiero decir es que comprendo cabalmente que la vehemencia de Werther, la fuerza con la que vive, siente y defiende sus ideas hacen que por momentos uno sienta que él tiene razón.

Para ponernos al corriente, ¿qué es Werther?

Werther es una novela escrita por el alemán John Wolfang Goethe en 1774  y que significó el inicio del Romanticismo en el mundo y la postulación de las ideas de un grupo literario llamado Sturm und drang (tormenta e impulso) que Goethe lideraba. Este grupo buscaba que el arte sea libre, propugnaban que los sentimientos son superiores a la razón y tomaban a Dios y al amor como fin supremo del arte.

 

En esta novela, el joven Werther, muy en contacto con sus sentimientos (su sensibilidad es mucho mayor a la de quienes lo rodean), se enamora de Carlota, muchacha comprometida y que a mitad del libro se casa con Alberto.  Numerosas situaciones le hacen sentir a Werther que está solo en el mundo (por ejemplo, conoce a un muchacho enamorado de su patrona que termina matando por amor y es condenado por la justicia, aunque Werther hace todo lo posible  por justificar su crimen) y que Carlota está junto a un hombre que no la merece. La muerte es la única salida a su congoja. Morir él, matar a Alberto... a Carlota... sin duda, debe ser él quien muera. Numerosas veces ha justificado el suicidio comparando la tristeza con una enfermedad del alma tan comprensible como una enfermedad del cuerpo y que los racionalistas (que son odiosos para él) solo justifican la segunda. Werther, que era animoso y alegre, se vuelve amargado e irritable. La víspera de navidad visita por última vez a Carlota y luego de la lectura de unos versos de Ossian que conmueven a ambos, él la besa en las manos, la abraza, la besa en la boca y consigue su más alto anhelo. Carlota vuelve en sí y abandona a Werther diciéndole que esta vez es para siempre. Al día siguiente Werther se mata disparándose en el ojo derecho con una pistola que ha pedido prestada a Alberto con la excusa de irse de cacería y que la misma Carlota ha limpiado antes de entregarlas al mensajero.

A lo largo de la obra, Werther juzga cobardes a quienes no se atreven a romper con su dolor yendo hacia el sepulcro. Los racionalistas (como Alberto) dicen que es al contrario, que son los cobardes quienes se suicidan porque no tienen valor de afrontar  una vida de angustia y superar sus problemas. Pero Werther no cede: compara al que se suicida con el pueblo que, cansado de la opresión de un tirano, se arma de valor y enfrenta su problema. La fuerza con la que Werther defiende sus ideas en sus cartas (pues el libro está escrito en forma de cartas que el personaje envía a su amigo Guillermo contándole los pormenores de su retiro en Walheim, a donde había viajado para olvidar una frustración amorosa y donde terminó conociendo a Carlota) es tal que los jóvenes lectores de la época asumieron su posición y creyeron firmemente en que cobarde es el que no se suicida. Y desde ese punto de vista Werther era un héroe; un héroe al que debían imitar. Y lo hicieron tanto que el libro fue prohibido y el mismo autor terminó despreciando su novela de la juventud.

Pero la novela ya tenía vida propia, ya no le pertenecía a Goethe que renegaba de ella y se lamentaba de los efectos que tuvo; ahora le pertenecia a los jóvenes enamorados que la tenían como escudo, como escrituras sagradas con las que justificar su vehemencia y sus pasiones juveniles desmesuradas. Se cuenta como Goethe ya anciano, y con un sinnúmero de obras publicadas (no solo literarias, sino filosóficas y hasta científicas) recibía visitas de muchachos que lo idolatraban y que no conocían de él más que había escrito Werther.

Paso a otro libro, y escribiré su reseña apenas lo termine. Pretendo introducir unas citas de la novela de Goethe y lo haré, pero más tarde. Mi hija llama para salir a pasear.

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